No fue con un fotógrafo profesional. Fue conmigo misma, un espejo de cuerpo entero, y el celular apoyado contra una pila de libros. Temblaba. No de frío — temblaba de vértigo. De soltar el control. De mostrar lo que siempre escondo.
Pero en el instante en que vi la primera foto, algo cambió. No era pornografía. Era arte. Era mi cuerpo siendo dueño de su propia narrativa. Los sats empezaron a llegar después: 21, 100, 500. Gente que entendió que ahí no había una modelo, había una mujer libre.