El insomnio tiene esto de bueno: no hay máscaras. Solo yo, la luz del teléfono, y el recuerdo de tus dedos recorriéndome.
Afuera todo calla. Adentro todo arde.
No necesito una cámara para desnudarme frente a vos. A veces basta con cerrar los ojos.
Voy a pedirte algo. Buscá un lugar donde nadie te vea. Apagá las notificaciones. Apoyá las manos sobre los muslos. Respirá hondo.
Hay una sensación que no cambio por nada: saber que alguien, en este momento, está mirando algo mío. No un like. No un comentario. Una mirada real, de esas que se sienten en la nuca aunque estés sola.
Eso es lo que me da bitsimp. No es una plataforma. Es una ventana abierta entre vos y yo, sin que ningún banco, ninguna corporación, ningún algoritmo pueda cerrarla de golpe.
Tengo una Polaroid en mi cajón. La saqué anoche, después de leer tu mensaje. No te la voy a mandar por correo. No hay algoritmo que decida quién la ve. Solo vos, tus sats, y mi cuerpo en blanco y negro.
Había música de fondo — algo de jazz lento. Estaba descalza, el frío del piso me anclaba al momento. Sin pose ensayada, sin filtro. Solo yo y la idea de que del otro lado hay alguien real, no una pantalla.
Hay una noche al mes en que no puedo dormir. No por insomnio — por algo más primitivo.
Cuando la luna está llena y el silencio pesa, enciendo velas. Muchas. Las pongo alrededor del espejo. Me siento frente a él y me miro de verdad, por primera vez en semanas.